
En pleno 2025, en esta era de inteligencia artificial y avances científicos increíbles… parece que la moralidad (sí, esa “moralidad” que para mí es la moral llevada a un extremo tóxico e hipócrita) crece a la par que la ignorancia humana.
Tal vez comencé esta publicación siendo algo radical. Se supone que debía iniciar siendo más sutil, parecer alguien más neutral. Pero es que cuando hablo de mi cuerpo y de la libertad que debería tener sobre él, siento que es imperativo escribir con las vísceras. Porque al final, la palabra tiene poder. (O eso dicen).
Y como es la palabra la que tiene poder… yo me niego a que las palabras de otras personas, sobre mi cuerpo y cómo decido disfrutarlo, me atormenten. Esa negación la he transmutado de muchas formas a lo largo de mi vida (Tengo un libro que lo retrata muy bien y que puedes VER GRATIS AQUÍ). Es esa rebeldía, esa forma en la que mi cuerpo habita este espacio-tiempo con ustedes y con ellos, lo que le da una motivación a mi corazón para latir y bombear sangre.
Sigo sin comprender el extraño placer (consciente o inconsciente) que algunas personas sienten al señalar y destruir a quien simplemente disfruta de su cuerpo. Para muchos es envidia. Para otros, un deseo reprimido que incomoda. Pero yo… yo sigo sin comprender.
No podemos ignorar que años de influencia judeo-cristiana (gracias, España, por esa “colonización”) nos condenaron a una especie de mazmorra moral donde el placer, si no es con fines reproductivos, es prácticamente un pasaje VIP al infierno. ¡Pero yo no creo en el infierno! Entonces, ¿por qué dejarme afectar por eso?
Incluso muchas tradiciones espirituales orientales ven el placer como un lastre que impide alcanzar la “iluminación”. Y aunque creo firmemente en las energías (nunca mejor dicho jejeje), tampoco le veo lógica a cohibirme de experimentar los placeres terrenales de esta experiencia humana.
Estoy seguro de que existe un Dios, un creador de este espacio-tiempo. Pero es tanto el poder que tiene, que no me cabe en la cabeza que ande persiguiendo y condenando a un mortal que solo está disfrutando su viaje.
En este punto muchos pensarán que soy un libertino sin remedio… y tal vez tengan algo de razón. Pero no me pueden culpar por explorar las infinitas formas del placer. No me pueden culpar por retratar a otros cuando deciden ser libres.
He disfrutado este viaje bajo mis propios términos. Al principio, yo mismo me imponía cadenas para encajar en una sociedad moralista y goda. Pero ahora, las reglas que rigen mi viaje son otras: cuidar mi cuerpo, no condenarlo a una ausencia de placer moralista… y procurar que las personas a mi alrededor también estén bien. Que brillen. Que vibren.
Creo que eso es, en parte, lo que más amo de mi trabajo como fotógrafo:
Esa luz que irradia un cuerpo cuando se retuerce de placer, en medio de un chorro de libertad.
¿Cuándo te darás el placer de disfrutar tu libertad?
Yo estaría encantado de retratarlo.

